King Surullo

Publicado en por azabache

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Yo soy Surullo, y -por supuesto- no soy supersticioso. Los gatos negros no traemos mala suerte; no sé de dónde salió esa idea. En todo caso la mala suerte la tenemos nosotros con la gente torpe o corta de vista que en la oscuridad no reconoce la continuidad de nuestra cola, oscura también, y nos pisa nuestra extremidad olvidada con una completa falta de sensibilidad. Ni hablar si encima usan una bota asesina ("walker" creo que les dicen a esos artefactos aplastantes) que de escucharla nomás, ya mete miedo. Por las dudas yo disparo. O eso hacía cuando me tocó vivir en la cueva número dos, lugar al que me tuvieron que llevar dormido con asedán porque yo no quería mudarme, y mucho menos en una canasta con trampas de atún, como si uno se desviviera por una simple lata bendita. Es verdad, tanto, tanto me gusta el atún que cuando siento el abre latas automáticamente enciendo el maullido sirena de bomberos sostenido, bien largo y persuasivo -exasperante en realidad-, que resulta infalible: no hay vez que no ligue mi porción. El chasco me lo llevo cuando la lata trata de arvejas (qué horribles!) o esa salsa de tomates, espantosa también. Qué despropósito! Yo no entiendo por qué fabrican latas llenándolas de tantas otras cosas existiendo el atún.

 

El cordero también me gusta. Sobre todo la pata que aprendí a cazar cuando a mi antiguo dueño se le daba por hacer empanadas. Pero ahí no prendía ninguna alarma; de hecho descubrí que además de abrir la heladera, después debía cerrarla, así nadie se daba cuenta y yo podía irme con mi presa al cuarto del fondo. (Una pata de cordero es para largo y es importante poder dedicarle al hueso toda mi tranquilidad).

 

Qué tiempos aquellos! En mi casa dos, en cambio,  la heladera era fuerte, de las modernas: nunca conseguí abrirla, apenas si arañarla. Una desgracia. Me las tenía que ingeniar bien rápido cuando la comida estaba afuera, expuesta. Quesos y matambres eran mis preferidos. Las empanadas también, pero sólo el relleno, entonces el cadáver horadado me delataba: siempre era para reto. No hace falta aclarar que los retos me tuvieron absolutamente sin cuidado: conozco muy bien la cara de sordo. Aunque tampoco es cuestión; hay que saber ganarse el atún del día, no? Saber jugar a las estatuas con gorritos estrafalarios mientras bicho Jani cose ruedos y dobladillos; correr los triangulitos de las pizzas cual perro por toda la casa como extraordinaria diversión; soportar extensas (y extenuantes) limpiezas y cepilladas que me gustan y enojan de forma simultánea y en exacta medida.

 

¿Qué? ¿No puede uno ser contradictorio?

 

Hijo de padre siamés; flaco con panza colgante. Juan Manuel como primer nombre, después Surullo y último Eufemio Pizarro. Pero ese es problema de mis dueños y sus matices. Yo soy Surullo; no traigo mala suerte ni creo en los martes trece. Y cuando nadie me ve alcanzo unos Maaaooooaooos irreconocibles de tan graves; apuntando al cielo, claro, para llamar a mis gatitas.

 

 

Eufemio Pizarro

 

Morocho como el barro era Pizarro,

señor del arrabal;

entraba en los disturbios del suburbio

con frío de puñal.

Su brazo era ligero al entrevero

y oscura era su voz.

Derecho como amigo o enemigo

no supo de traición.

Cargado de romances y de lances

la gente lo admiró.

 

Quedó pintado su nombre varón

con luz de luna y farol,

y palpitando en mañanas lejanas

su corazón.

Decir Eufemio Pizarro

es dibujar, sin querer,

con el tizón de un cigarro

la extraña gloria con barro y ayer

de aquel señor de almacén.

 

Con un vaivén de carro iba Pizarro,

perfil de corralón,

cruzando con sus pasos los ocasos

del barrio pobretón.

La muerte entró derecho por su pecho,

buscando el corazón.

Pensó que era más fuerte que la muerte

y entonces se perdió.

Con sombra que se entona en la borbona

lo nombra mi canción.

 

 

 Letra y música: Homero Manzi y Cátulo Castillo.

 

 


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